Esposas:
Corona o cáncer
Esposas:
Corona o cáncer
“La mujer virtuosa es corona de su marido; mas la mala, como carcoma en
sus huesos” (Prov. 12:4).
La Biblia dice que el que
haya esposa halla el bien y alcanza la benevolencia de Jehová (Prov. 18:22),
pues, fue Dios mismo quien dijo que no es bueno para el hombre estar solo, por
lo tanto, él le hizo ayuda idónea.
No obstante, cuando esta
mujer, que debe ser ayuda idónea, a causa de sus propios pecados y
concupiscencias, se convierte en una mala mujer, es decir, en vez de ayudar a
cumplir el propósito divino para el matrimonio se convierte en un estorbo y
fuente de contiendas, es comparada con un cáncer, con la lepra o con una
enfermedad que causa podredumbre.
Quisiera compartir con
ustedes algunos comentarios de este pasaje que serán de gran bendición para
toda mujer que ama al Señor y desea crecer en virtud:
Empezaremos con el puritano
George Lawson[1].
“La mujer virtuosa teme al
Señor, respeta a su marido, gobierna su casa con prudencia y cuidado, se
muestra caritativa con los pobres y trata a los demás con amabilidad.
¿Con qué compararemos a una
mujer como esta? ¿La asemejaremos a un brazalete, o diremos que es un collar de
oro para su marido? Tales comparaciones la dejarían por debajo de su valor.
Ella le hace tan feliz como
un rey, y le procura tanto respeto y honor que merece que la comparen con ese
ornamento real que se ciñe a la cabeza de los monarcas.
Para su marido, ella es una
corona adornada con esas encantadoras virtudes que brillan con un resplandor
más radiante que los diamantes de Oriente.
Ella es salud para los
huesos de su marido, porque al contemplar su afable comportamiento, y el placer
de su compañía siempre le inunda esa alegría que tiene el mismo efecto que una
medicina.
Pero
la mujer que carece de virtudes avergüenza a su marido y es “como
podredumbre en sus huesos”. Su mal genio o su comportamiento
apasionado, sus gastos desmesurados o su avaricia sórdida, la ligereza de su
conversación o sus vicios escandalosos, (sus celos, su mal genio, sus
constantes sospechas o acusaciones) le hacen a él objeto de lástima y desprecio
cuando está fuera, y le llenan de angustia cuando vuelve a casa.
Las mujeres
así no son una ayuda idónea, sino un tormento para aquellos que las han hecho
hueso de sus huesos y carne de su carne.
El hombre
puede recuperarse de la fiebre en unas pocas semanas; pero la desgracia de esta
enfermedad viviente es que, a menos que la gracia del Todopoderoso fabrique una
cura poco frecuente, hará presa de los huesos y del ánimo del hombre hasta que
la muerte de uno de los esposos alivie los dolores.
Entonces,
los que tengan que elegir esposa han de ser conscientes de que el hombre debe
ser la gloria de Cristo, como la mujer es gloria del hombre; que “[…] la mujer
prudente viene del Señor” (Pr. 19:14); y que les conviene, pues, a fin de vivir
para alabanza de Cristo, tomar la resolución de casarse solamente en el Señor y
buscar este precioso regalo de parte suya en humilde oración.
Las esposas
deben reflexionar seriamente para ver si anhelan la felicidad y el honor de sus
maridos, o su desgracia y tristeza; y sopesar qué es mejor para la mujer:
acabar siendo una ayuda idónea para gozo de su marido y una corona para su
cabeza, o una plaga viviente y un incendio que consuma sus entrañas.
Continuaremos
con el comentario del también puritano John Gill[2]:
Una
mujer virtuosa es corona de su marido… una que es amorosa y casta, constante y
fiel, servicial y sumisa a él; ella es diligente en los asuntos de su casa,
cuida a su familia, cría a sus hijos y mantiene un buen orden y decoro entre
sus empleados; ella es honor y mérito para su marido.
Tal
es la iglesia de Cristo, la cual es comparada con una mujer (Ap. 12:1) pura y
casta, cuyos miembros son vírgenes, no contaminados con las corrupciones,
errores y supersticiones de la iglesia apóstata.
Una mujer
de fortaleza y valor, como significa la palabra usada, resiste el pecado, la
tentación, el error, la herejía y la idolatría.
Pero
la mujer que avergüenza, hace que su esposo se abochorne, debido a la
frivolidad y desenfreno de ella, a su
negligencia y pereza; de tal manera que él se avergüenza de que lo vean con
ella, o de que se sepa que él es su marido.
Ella
es como podredumbre en sus huesos; un dolor constante en su mente, una presión
sobre sus espíritus, una debilidad para sus cuerpos y el consumo de sus
fuerzas.
Ella
es, según dice el Targum, “como un gusano en la madera” el cual pudre y
consume.
Ahora
el comentario original de Matthew Henry:
El
que es bendecido con una buena esposa es tan feliz como si estuviera en el
trono, porque ella no es menos que una corona para él.
Una mujer
virtuosa, piadosa y prudente, ingeniosa y trabajadora, activa por el bienestar
de su familia, que busca el bien de su hogar; que toma conciencia de su deber
en cada relación, que es capaz de llevar cruces sin perturbarse, como en algunas
ocasiones puede ser el marido para su cabeza; ella es una corona para él, no
sólo como un adorno de mérito y honor; sino que ella lo apoya a él en la
preservación y el mantenimiento de su autoridad en la familia, así como una
corona es símbolo de poder.
Ella
es sumisa y fiel a él, y con su ejemplo enseña a sus hijos y empleados a serlo
también.
Pero,
por el contrario, el que está atormentado con una mala esposa es tan miserable
como si estuviera en el estiércol; porque ella no es mejor que la podredumbre
en sus huesos, una enfermedad incurable, y, además de esto, le causa vergüenza al
esposo.
Aplicaciones:
Hermana,
el Señor te ha dado el privilegio de ser corona para tu marido, no te
conviertas en un cáncer para sus huesos. Ora por él, ámalo, sujétate a él a
pesar de lo difícil que pueda ser.
Que
tu marido pueda encontrar en ti refugio de paz en medio de las muchas luchas
que debe enfrentar en el mundo para encontrar el sustento tuyo y de tus hijos.
Inclina
tu corazón delante del Señor y pídele perdón porque en muchas ocasiones no has
sido corona, sino una enfermedad para sus huesos. Encontrarás el perdón que
solo Jesús puede dar por su sacrificio en cruz.
Acude
al Trono de la Gracia buscando la fuerza que solo Él te puede dar, de manera
que hacia ti fluya una fuente constante de gracia y sabiduría para ser la ayuda
que tu marido necesita.
[1] Lawson,
George. Comentario a Proverbios. Páginas 228-229
[2] Gill, John. Commentary in
Proverbs. Extraído de https://www.studylight.org/commentaries/geb/proverbs-12.html
Traducción y adaptación: Julio C. Benítez

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